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¿Certezas? Sólo al final del camino

Tener una mente abierta es estar dispuesto a poner a prueba las propias “convicciones”, considerando que la convicción no es otra cosa que un estado mental temporal basado en la información con que contamos a la fecha. Una persona con mente abierta buscará activamente información que contradiga las propias hipótesis preexistentes.

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

Educados como fuimos en el sistema Prusiano, nos enseñaron que mantenernos firmes en lo que creemos -una especie de actitud de “este macho es mi mula”- era una virtud. Esa actitud aplicaba para todo: relaciones interpersonales, ideologías políticas, creencias religiosas y, en general, formas de ver la vida anquilosadas en el tiempo. Se nos enseñó que esa “firmeza” era una virtud, pero en un mundo a donde fluye información infinita y sin barreras ¿podemos seguir siendo así?

Empecemos por definir que no todos somos iguales, lo cual necesariamente implica que nuestros procesos mentales también son diferentes. Mientras algunos poseemos un estilo cognitivo que nos mueve tomar decisiones mediante el desarrollo de juicios previos debidamente analizados, informados y basados en hechos; otros prefieren tomar decisiones basadas en tradiciones, primeras impresiones o intuiciones.

Para saber a qué grupo perteneces, puede ser útil analizar este ejercicio: si se te pide escoger entre dos dietas, una que te hace perder 5 libras de peso en un mes, versus otra que te hace perder 15 libras en ese mismo período, el primer grupo de personas, es decir, las que toman decisiones basadas en análisis, preguntará ¿Cuál de las dos dietas requiere medicamentos? ¿En cuál de las dos dietas la persona logró mantener la pérdida de peso por, al menos, un año? ¿Cuál de las dos dietas requirió ejercicio y cambio de hábitos de forma permanente? En cambio, el segundo grupo de personas se limitará a escoger la dieta que permite perder 15 libras de peso, sin ningún tipo de análisis complementario.

Cambiar nuestro estilo cognitivo a uno que nos permita desarrollar análisis complementarios nos permitirá tomar decisiones, que si bien es cierto no estarán cien por ciento libres de error, de forma general, serán más acertadas. Pensar más sobre un tema, es pensar mejor; y entre más trascedente sean las posibles consecuencias de esa decisión, se le deberá dar más análisis a la cuestión. Para el caso, no es lo mismo decidir sobre a qué jardinero vamos a contratar, que decidir sobre a quién votar para presidente.

Un aspecto relevante e indispensable para lograr una mejora de nuestro estilo cognitivo es desarrollar una “mente abierta”. Actualmente, en los colegios y universidades salvadoreñas continúan con el estilo educativo del “guayabeo”: aprenderse las capitales del mundo, los ríos, principales volcanes… cuando toda esa información circula ya de forma libre y permanente en internet y se encuentra al alcance de un clic. En estos tiempos de ChatGPT lo importante ya no es que la persona desarrolle la capacidad de aprender información de memoria o crear un texto, sino la capacidad de desarrollar un pensamiento crítico para poder analizar y comprender la información a la que tiene acceso o lo que se expresa en un texto.

Tener una mente abierta es estar dispuesto a poner a prueba las propias “convicciones”, considerando que la convicción no es otra cosa que un estado mental temporal basado en la información con que contamos a la fecha. Una persona con mente abierta buscará activamente información que contradiga las propias hipótesis preexistentes. Este tipo de personas buscará opiniones discrepantes y ponderará cuidadosamente las nuevas pruebas y evidencias que contrasten con sus antiguas creencias; estarán humildemente convencidos que llegar a una “conclusión” sobre un tema, es un episodio temporal, que puede ser ajustado y corregido a futuro. Nadie de mente abierta se considerará “dueño absoluto de la verdad”.

Todos los que vamos a tomar decisiones usualmente tomamos consejos de otros ¿cómo podemos confiar en sus consejos? Probablemente un político puede parecer elocuente, convencido y convincente; por otro lado, un maestro del ajedrez pueda parecer tímido e incapaz de explicar los razonamientos estratégicos de sus jugadas… pero a la hora de confiar en alguien, probablemente es más aconsejable confiar en el maestro del ajedrez que en el político ¿Por qué? Porque cuando tenemos que tomar decisiones, lo más aconsejable es seguir el consejo de la persona más inteligente, de la persona más reflexiva, de quien tenga la mente más abierta a la evidencia y de quien su razonamiento esté basado en hechos comprobables.

La personalidad de los que toman los mejores juicios puede no encajar en el estereotipo generalmente aceptado del “líder decidido”, de ese con ideas “firmes y claras” y que parece saber en todo momento y en todo lugar, con inquebrantable certeza, lo que “le conviene a todo el pueblo”. Ese tipo de líderes es cierto, inspiran confianza, pero la historia nos enseña que cuando estamos abiertos a los contraargumentos, a las evidencias que no necesariamente validan nuestras tesis y a aceptar que nuestros juicios pueden estar equivocados, nos convierte en mejores líderes, políticos, pastores, analistas, empresarios y, en suma, en mejores personas.

“Estar seguros de lo que creemos” es el final del camino, no el principio.

Abogado, Master en leyes/@MaxMojica

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Filosofía Opinión Psicología

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