Signos/Silencio
Esta vez sí tiene razón nuestro vicepresidente: su ominoso silencio, en estos momentos, es una declaración. Y no precisamente la más feliz de todas.
Nuestra vida está llena de signos, lo ha estado siempre. Los animales leen señales en el ambiente, muy pocas y casi todas tienen que ver con la conservación de la vida. Ven o huelen el humo, oyen un ruido raro, perciben un aroma distintivo y se preparan para la acción: huir del incendio, del depredador, del cazador. Las señales inducen a la acción. Los humanos también las tenemos, pero dada nuestra capacidad para la abstracción, para entender conceptos, es que también tenemos signos y símbolos. Gracias a publicistas y creativos, durante las dos últimas décadas del siglo pasado se produjeron más que durante las primeras ocho décadas. “Una imagen vale más que mil palabras” fue el slogan que Kodak usó durante sus años de apogeo para hacernos comprar sus rollos, tomar fotos con mesura (los rollos eran caros), imprimirlas (súmele otros dolaritos al revelado e impresión) para luego guardarlas en todo tipo de álbumes (pocas palabras tan feas como álbumes, ¿no les parece? Si hasta pronunciarla cuesta). Con el advenimiento de los celulares, no sólo Kodak se vino para abajo, sino también la mesura y el gusto para fotografiar. Hoy con los teléfonos inteligentes todo se fotografía y se envía, aunque no se imprima ninguna foto. Y por eso tanto sufrimiento cada vez que se arruina, pierde o le roban el celular. ¡Adiós recuerdos!
Ahí radica también el poderío de las artes visuales: comunicar emociones, vivencias, significados. El mes pasado, para la misa de homenaje que hicieron sus alumnos de filosofía a su distinguido maestro Héctor Samour (RIP) volví a visitar la capilla de la UCA. Una rápida mirada al cuadro que pende en la pared derecha de la capilla, según se está frente al altar, y los del Vía Crucis que quedan a la espalda (creo que de R. Huezo), me hicieron recordar los horrores de nuestra guerra interna. “Una imagen vale más que mil palabras”. “Guernica” de Picasso no genera, en cambio, mayor mutación emocional en mí. Los signos, según nos enseñó Ana María Nafría, son el resultado de un significado y un significante: sin significado, el medio.
Este miércoles pasado fue el “Miércoles de Ceniza”, cuando la Iglesia Católica da el banderillazo de salida para que iniciemos nuestra íntima preparación para el Domingo de Resurrección, la fiesta más señalada de la Iglesia. Las pascuas benditas el Domingo de Ramos del año anterior son incineradas y esas cenizas se emplean para recordarnos de dónde venimos y para dónde vamos: “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Con similar recordatorio, pero más profanamente, en 1977, el grupo Kansas nos cantó “All we are is dust in the wind”). Culpa al virus de marras, este año no fuimos signados con la cruz en la frente -como ha sido siempre la tradición- sino que se nos echó un “puchito” de ceniza en la cabeza. Feo sentimos; más cuando horas después el padrecito amigo de Houston nos dio envidia de la buena cuando nos mandó la foto con la cruz signada en su frente. Los problemas que su hubiera ahorrado la directora de un colegio bicultural de la capital que tuvo el desacierto, hace algunos años, de no dejar entrar a algunos alumnos que llevaban la cruz en la frente o, peor aún, enviar a otros a los lavabos a que hicieran desaparecer con agua la cruz de ceniza de su frente. La pandemia ha venido a salvar a las actuales autoridades de ese problema hasta la fecha.
“Hoy he iniciado una llamada telefónica con el presidente de Rusia. ¿El resultado? El silencio”. Así inicia el presidente de Ucrania su emotivo mensaje al pueblo ruso. ¡Una belleza de discurso! Dan ganas de aprender ruso sólo para escucharlo y entenderlo bien.
Con imágenes verbales claras hace ver que no anida en ellos el deseo de bombardear o disparar a otras ciudades “como les han dicho”. ¿La ciudad en la que está enterrado el padre de mi amigo? ¿La ciudad donde nació mi abuelo que peleó con el ejército ruso contra el nazismo y murió como oficial del ejército ucraniano? ¿Al estadio donde me uní a sus habitantes para celebrar a nuestros chicos durante la Eurocopa? ¿Bombardear el parque al que fuimos a beber luego de haber perdido el partido? Y luego: “Sabemos con seguridad que no queremos la guerra, ni fría, ni caliente, ni híbrida (---) Pero si somos amenazados, si alguien trata de quitarnos nuestro país, nuestra libertad, nuestras vidas… por las vidas de nuestros hijos vamos a defendernos. Si nos atacan, van a ver nuestras caras, no nuestras espaldas”. Y lo repite en la frase más emotiva del discurso “No verán espaldas, verán nuestras caras”. Los tienen rayados: allí está con su familia, allí está la bella representante para un concurso de belleza, allí el tenista que podría estar en un campeonato de estrellas.
Esta vez sí tiene razón nuestro vicepresidente: su ominoso silencio, en estos momentos, es una declaración. Y no precisamente la más feliz de todas.
Psicólogo/ psicastrillo@gmail.com
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