Los ojos de la soledad
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Kania el arquero asesinó su propio recuerdo. Por ende olvidó al Hombre. Es decir, al personaje que habitaba en él, así como a las multitudes lejanas que dejara atrás, cuando huyó de los demás y de sí mismo. Cuando dejó atrás el último reino. Entonces volvió a renacer en el desolado erial y creyó —al no ver a nadie más— que él era el único ser humano que habitaba la tierra. Creía ser el centro del mundo y que toda la vida giraba alrededor suyo. Tal egocentrismo y egoísmo existencial era una terrible manifestación de soledad. Había olvidado al hombre, a los caminos sembrados de esfinges de su destino y a las tantas victorias que le hicieron llorar. La “triste gloria de alcanzar la victoria” se había desvanecido en su corazón. Su infinita locura, pues, le había llevado a creer que era el único ser humano que habitaba el samsara. Entonces adquirió los mismos ojos de la soledad, su madre. Su mismo andar cansado, su misma mirada y lejanía. Hasta su misma voz era como el viento en las dunas de arena. Aun su piel era del mismo color rojizo del despoblado erial. (XVII) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>
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