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La sombra de Rhuna y los gigantes entre el cielo y la tierra

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Por Carlos Balaguer
Publicado el 05 de octubre de 2022


Sus años en Ara, Kania sólo pudo acallar su conturbada alma con la mirra, el vino de las vides del desierto y los besos de la coladora de oro —la misma que era descendiente de monjes astrólogos. Inmerso en el éxtasis desbordante del deseo quedó el arquero junto a la hermosa nativa. Entre tanto, en las estrepitosas calles de la fulgurante Ara, fueron apedreados aquellos que encontraron formas diferentes y condenables de amar. Pero la misma ciudad era una ramera joven y eterna; sedienta de deseo... Atormentados y desdichados jueces del amor, lapidaban en las plazas a quienes ellos llamaban pecadores, amantes del placer o solamente víctimas del dolor de amar. Bellas mujeres fueron inmoladas por sus ilícitos amores. Mientras tanto, la guardia real asesinaba a inocentes opositores de la monarquía. Nadie juzgó a los asesinos del amor. Culpables de amar, los habitantes de Ara, terminaron esclavos de una falsa moral; prisioneros del poder y del deseo. Como una vez quedaran los gigantes de Uma —detenidos entre el cielo y la tierra. Como por igual quedó el buscador de montañas entre la noche y el amanecer de su dulce e inmensa locura. Samaj por su parte, cosechaba el oro del Ares, junto a Ezaín, una joven sierva y concubina. Ambas se entregaban a Kania, humana esfinge del deseo. (XXXVII) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>

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