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Cruzando la llanura de los gigantes

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Por Carlos Balaguer
Publicado el 21 de diciembre de 2022


Adentrado en Uma —durante su solitaria travesía— Mandares viviría lo mismo que aquel antiguo rey de las montañas llamado Kania o Rhuna, la montaña sagrada. A su paso iría matando ciervos, tigres y serpientes que se cruzaran en su camino. Venciendo además a solas el espanto de la despoblada llanura, tierra de los últimos gigantes. El delfín del reino perdido se habría de encontrar después con los aterradores colosos y escuchar sus voces inmensas. Tendría así que enfrentar aquellas gigantescas creaciones —del tamaño de los montes— que alcanzaban con sus manos grandiosas y poéticas la grandeza del Acasha, los cielos. También escucharía Mandares los cantos de ballenas en lontananza para poderse guiar por ellas. Sabedor hacia donde estaba el inmenso mar en las orillas negras del mundo. Tuvo que esconderse en los riscos para no ser visto por los descomunales gigantes. Aquellas monstruosas humanidades que cantaban himnos lejanos. Entre las sombras del arenal podía contemplarles en las noches claras de Uma. Aunque le costaba admitir que las grandiosas apariciones fueran verdad. “Ellos no están —decía para sí mismo. Hace largo tiempo que desaparecieron, según lo que vivió el patriarca, aquel lejano cazador de esfinges llamado Kania. Cuando él pasó por esta terrible heredad ya los colosos habían desaparecido de la faz del planeta. Es la fiebre del desierto la que me hace ver esas dantescas apariciones. Es la alucinación, la enfermedad del silencio, la malaria de las dunas, el eco del olvido. Ellos no están. Son tan sólo espejismo, engaño para los sentidos, recuerdos de una perdida grandeza...” (XC) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>

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