El hijo de los montes
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Kania, el arquero, creció en el valle pero había nacido en las montañas. Aunque esto no lo supo hasta los veintiún años de edad. Hijo adoptivo de un piadoso mercader, solía mirar a los montes con nostalgia, deseo y vehemencia. Nadie entendía el silencio de sus labios, ni el resplandor de las montañas en sus ojos. “Habla poco ese hijo del silencio” decía la gente sin entender el arte del silencio del cazador de ciervos y de tigres. Kania tenía además el don de encantar serpientes. Tocaba una suerte de arpa primitiva, pero sus canciones las tragaba el viento bruno del valle. Desde niño asustó a los demás cuando jugaba temerariamente con sus coloridas serpientes o con su arco mágico. Pero su corazón, tenía la dulzura de un mango perfumado. No obstante, este hijo del misterio fue rechazado por sus hermanos, celosos de sus virtudes. Otra razón era que la piel de Kania tenía otro color. Es decir, el tinte marrón de las montañas, donde había nacido. Por tantas virtudes era el hijo predilecto de Lapo, su padre adoptivo. Esto acrecentó el rechazo de sus hermanastros en cuyo corazón encontró egoísmo, celo y soledad. Pero Kania —ajeno a esas miserias— seguía viendo a los montes. Así un día confió a su padre el deseo de ir a buscar su suerte a las tierras altas. (XXI) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>
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