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Los ojos de la soledad

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Por Carlos Balaguer
Publicado el 04 de septiembre de 2022


Kania el arquero asesinó su propio recuerdo. Por ende olvidó al Hombre. Es decir, al personaje que habitaba en él, así como a las multitudes lejanas que dejara atrás, cuando huyó de los demás y de sí mismo. Cuando dejó atrás el último reino. Entonces volvió a renacer en el desolado erial y creyó —al no ver a nadie más— que él era el único ser humano que habitaba la tierra. Creía ser el centro del mundo y que toda la vida giraba alrededor suyo. Tal egocentrismo y egoísmo existencial era una terrible manifestación de soledad. Había olvidado al hombre, a los caminos sembrados de esfinges de su destino y a las tantas victorias que le hicieron llorar. La “triste gloria de alcanzar la victoria” se había desvanecido en su corazón. Su infinita locura, pues, le había llevado a creer que era el único ser humano que habitaba el samsara. Entonces adquirió los mismos ojos de la soledad, su madre. Su mismo andar cansado, su misma mirada y lejanía. Hasta su misma voz era como el viento en las dunas de arena. Aun su piel era del mismo color rojizo del despoblado erial.  (XVII) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>

TAGS:  Filosofía | Opinión

CATEGORIA:  Opinión | Editoriales

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