El hombre y la herida ilusión
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Kania el hombre ha herido a Kania la ilusión. Esta vez no ha herido a nadie más. Justiciero de sí mismo se hunde en una interior venganza que sólo él conoce. Es juez y parte de un terrible juicio. Al igual que sus ancestros, Kania había matado ciervos y palomas. Cuando en las doradas urbes aprendió crueles suplicios, a fin de saldar la deuda del ayer, mató lo que más amaba. Por ello asesinó el recuerdo de sí”. La Esfinge perdonaba a los vengadores de sí mismos, pues éstos ya se habían castigado con sus propias manos. Kania siguió siendo un hombre triste, como el hombre de la fábula que refiriera la cantora de enigmas. No sólo por su mismo desconsuelo, sino por el hondo dolor de las multitudes. De todos aquellos atormentados fantasmas que no podían morir, porque ya habían muerto, porque ya se habían olvidado a sí mismos. Aunque siguieran asesinándose entre ellos, en el robo, la persecución, o el crimen de un recuerdo... Fue así que —a pesar de haber vencido a la muerte en el seco erial— Kania continuó siendo un hombre melancólico, aun cuando en las noches de luna, tocara su guaterna de perfumado cedro una canción para la luminosa Kandra, alumbrando la noche. Porque para el que amó, el dolor de no haber dado todo el amor, era otra forma de vengarse a sí mismo. Tal como lo dijera Simha, la desdichada quimera del samsara. (XVI) <de “La Esfinge Desnuda” -C.B.>
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