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Espectáculo y ovaciones

, debemos no sólo condolernos por las familias que tienen encarcelado injustamente a uno de los suyos, sino preocuparnos por el mayoritario apoyo que todavía recibe el Confeso Dictador, a pesar de hechos tan graves como las denuncias que, fuera y dentro del país (éstas, de boca de uno de sus funcionarios), se hacen en relación con el pacto entre gobierno y pandillas.

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Por María Alicia A. de López Andreu
Publicado el 10 de junio de 2022


El 01/06/2022 esperábamos la cadena nacional que transmitiría en vivo lo que debió ser una memoria de labores y rendimiento de cuentas del presidente de la República. Con el control remoto, cambiábamos de un canal a otro justo cuando la cadena inició, por lo que el televisor quedó petrificado en un limbo de rayas y sonidos extraños. Ese percance me causó gran alegría, porque me permitía continuar tranquilamente con mi lectura, sin tener que convertirme en obligada audiencia de una pieza teatral que, como a muchos, lejos de atraerme, me repelía.

Pero no me libré del todo. Desde el televisor de la habitación contigua me llegaba el rumor de los sucesos del Salón Azul. A pesar de concentrarme en mi lectura, escuchaba algunas frases en la voz y el estilo inconfundibles del Confeso Dictador. Nada nuevo, por supuesto: lo mal que estaba nuestro país antes de su epifanía como salvador de El Salvador, la maldad de todos aquellos que le precedieron, todas las maravillas que ha logrado en tan poco tiempo y que nadie más pudo lograr en nuestros 200 años como República; todo eso, como introducción a su obra maestra: la “guerra” contra las pandillas que está, ahora sí, “a punto de ganar”.

Pero lo que, desde mi lejana posición, escuché como lo más impresionante, fueron las permanentes y bien sincronizadas ovaciones que se efectuaban. Si el libro que leía no hubiera sido tan interesante, quizá me hubiera tomado la molestia de cronometrarlas. Porque así se oían: acompasadas, dirigidas, como que la gente no estuviera pendiente de aquello a lo que había ido (supuestamente, a atender una Sesión Solemne de la Asamblea Legislativa para escuchar el informe del mandatario), sino pendiente de una señal para responder con gritos, pitos y aplausos. Y, por supuesto, al final de tan augusta jornada, pedir en coro la reelección del Confeso Dictador. Agradezco que no se atrevieron a solicitarla de manera vitalicia.

El tema del bien montado espectáculo: la inseguridad rampante, la pérdida de territorio en manos de las pandillas, que ahora supuestamente se está controlando (pasando sobre la Constitución y los derechos humanos de infinidad de inocentes). Es totalmente comprensible que aquellas familias que vivían bajo un permanente estado de sitio decretado por la pandilla que reinaba en su colonia, ahora estén felices con el cambio que perciben, aunque continúe el estado de sitio, ahora gubernamental. Me alegro por todos ellos. Es comprensible también que, quienes no son testigos personales de esa supuesta mejora, se maravillen al ver el carísimo documental que nos pasan ene veces al día en todos los canales, haciéndonos creer que nuestro país es ahora uno de los más seguros del mundo (¿?).

Pero, simultáneamente, debemos no sólo condolernos por las familias que tienen encarcelado injustamente a uno de los suyos, sino preocuparnos por el mayoritario apoyo que todavía recibe el Confeso Dictador, a pesar de hechos tan graves como las denuncias que, fuera y dentro del país (éstas, de boca de uno de sus funcionarios), se hacen en relación con el pacto entre gobierno y pandillas.

Si nuestra población no se preocupa por algo tan grave (más aun que el aspecto económico, de por sí tétrico), significa que hemos perdido no sólo la capacidad de análisis, sino los buenos sentimientos. Hemos perdido la humanidad. ¡Pobrecito El Salvador!

Empresaria.       

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