Niñas, madres y esposas, la identidad de muchas mujeres está definida desde el momento en el que nacen. Para muchas, el papel que jugarán en la sociedad está estrictamente delimitado y, al momento de hablar de la importancia de la vida de cientos de ellas, se les adjudica más valor por el dicho rol que juegan que por el fundamental hecho de ser humanas. Cuando una mujer es asesinada o se encuentra desaparecida, gran parte del discurso que se escucha se enfoca en cómo ella era una ejemplar madre, hija o hermana, para poder evocar compasión y simpatía con la víctima y su familia, mientras que la principal razón para generar descontento debería ser que se le arrebata el futuro a una persona.
Durante marzo, mes en el que se conmemora la historia de mujeres que fueron capaces de romper barreras, se llora y lucha por las miles de vidas que fueron acabadas, y se grita por aquellas que no pueden, es importante reconocer la posición de las mujeres en la sociedad actual y recordar la importancia del feminismo en El Salvador.
América Latina no es de ninguna forma ajena a los feminicidios, un fenómeno muy común en toda la región. Lamentablemente, la cultura intrínsecamente machista y los altos niveles de violencia que caracterizan a muchos de estos países son factores detonantes para el aumento de casos de violencia en contra de la mujer. El Salvador, en los últimos años, ha experimentado un aumento significativo en el número de feminicidios registrados e incluso está clasificado por Amnistía Internacional como uno de los países más peligrosos del mundo para las mujeres.
Nuestro país todavía se rige por una sociedad misógina, en donde muchas niñas y mujeres sufren de acoso día con día. Desde piropos y silbidos en la calle, hasta tocamientos sin consentimiento o amenazas con la muerte. El trabajo para desmantelar estos patrones violentos de comportamiento no está cerca de haber terminado y es responsabilidad de todos; mantenerse callado es ser cómplice del sufrimiento de otras personas. No solo hay que luchar porque la próxima víctima puede ser tu hermana, tu mamá o tu hija, sino porque la violencia en contra de la mujer está mal en cualquier circunstancia.
Hay quienes no tardan en adjudicar la culpa a la víctima de acoso, feminicidio o abuso. La critican y estigmatizan por la manera en la que vestía o la situación en la que se encontraba, causándoles más enojo unas paredes manchadas en momentos de protesta que el hecho de que cientos de abusadores estén libres e impunes.
Algunas mujeres tenemos el privilegio y suerte de nunca haber estado en situaciones en las que incluso se teme la vida; sin embargo, esta no es la realidad para la mayoría. De acuerdo con datos de las Naciones Unidas, una de cada tres mujeres ha experimentado violencia sexual o física por lo menos una vez en su vida, y está cifra no toma en cuenta el acoso sexual. Si fuera ese el caso, este dato podría ser aún más alarmante.
El mes de la historia de la mujer se ve caracterizado por un mayor número de protestas en las cuales cientos de mujeres se reúnen para recordar a las víctimas de abuso y violencia, celebrar los logros de muchas y luchar por la igualdad de género. Sin embargo, atender con una protesta o darle “me gusta” a una publicación feminista no es suficiente para poder disminuir la violencia en contra de la mujer. Es importante tener conversaciones acerca del consentimiento y respeto, corregir comportamientos y comentarios negativos, incluso si estos vienen de un amigo o si son dichos en un contexto de “broma”, pero, sobre todo, no permitir cualquier instancia de abuso o acoso para que en el país se pueda experimentar un verdadero cambio.
Estudiante de Economía y Negocios
Club de Opinión Política Estudiantil (COPE)